Por  Ernesto Montero Acuña

Sus cuerpos volvieron a ser tales cuales eran en su juventud, y después en su adolescencia, haciéndose más pequeños y lisos cada día y cada noche, y regresando a la naturaleza de niños recién nacidos.

Platón

Salvador nació genio a los ochenta y cinco años. El acontecimiento originó una junta de pediatras, genetistas y expertos en fenomenología, quienes atribuyeron la etiología del fenómeno a desconocidas secreciones de supuestas glándulas no estudiadas por la ciencia. Pero todos coincidieron en que se sometería a investigación el caso, que sin duda tendría su explicación en un futuro no lejano. Por lo demás, el alumbramiento fue sin contratiempos, si se exceptúan los seniles rasgos de la criatura, su cabello lechoso y el desmesurado crecimiento durante las primeras setenta y dos horas. Pensaron en una progeria prematura, pero fue científicamente rechazada por inconsistencia en la hipótesis.
El acontecimiento se mantuvo en secreto, pues los especialistas recomendaron a los padres la máxima discreción, hasta tanto estuvieran los rigurosos análisis que emprenderían, aunque nadie supo nunca los resultados. No era cuestión de ponerse a divulgar por ahí la existencia de un infante de tan rara naturaleza y que para colmo había nacido sin el llanto habitual de los bebés, sino con una frase de impredecibles implicaciones:
–La gerontocracia es la causa de la decadencia del mundo.


Los padres dijeron a sus amigos que el hombre era un anciano procedente de los países del sur, en los que había permanecido la mayor parte de su vida, adquiriendo una extraña sabiduría en los más complejos problemas de la existencia humana. Lo mismo podía descifrar un jeroglífico que vaticinar el futuro ignoto de un personaje incógnito. Debido a su jubilación laboral y a la forzosa abstinencia sexual, toda su vida –que pronosticaban como irremediablemente breve— estaba predestinada a las más sabias especulaciones.
Sus primeras proezas intelectuales se produjeron con sus coetáneos, a quienes revelaba un mundo desconocido hasta para los más lúcidos adultos. Todos los muchachos se congregaban a su alrededor para disfrutar las cosas increíbles del universo humano, sentados en el parque pueblerino donde nunca se habían escuchado hipótesis tan avanzadas.
Salvador dijo cierta tarde que el leopardo de Hemingway en las Nieves del Kilimanjaro no era tan inexplicable como muchos habían pretendido. Ciertamente existió, mas no como un ser de rara procedencia. El felino hambriento descubrió ante sí, una noche, al ciervo más apetecible del mundo y sin pensarlo se lanzó tras él, pero el animalito corría de tan frenética forma, que ambos fueron ascendiendo por la nívea montaña hasta cuando la coronaron, desfallecidos, al amanecer de un día impreciso.
La fiera agonizante se lanzó sobre el ciervo tembloroso y lo descuartizó, vorazmente. Royó uno por uno los frágiles huesos hasta convertirlos en blanco y digerible aserrín. Extenuada por la faena y el hartazgo se echó a dormir para reponer las menguadas energías. A poco soñaba con verdes praderas pobladas de pacíficos antílopes, alumbrados por un sol intensamente puro. Después no soñó más.
–¿Saben por qué? –preguntó Salvador.
Claro que los infantes no sabían nada del leopardo, ni del Kilimanjaro y mucho menos del ciervo. Pero esto a él no le importaba en absoluto. Entonces comenzó a decir que la siesta fue interrumpida por una nevada glacial que, en segundos, convirtió a la fiera en un bloque de hielo transparente, derretido luego por el sol. El tiempo y las aves de rapiña hicieron el resto.
Seguidamente insistió en que a la gente le es más fácil fabular que profundizar en la comprensión de los fenómenos. Consideraba que no existe ninguna razón para las divagaciones, si excluimos el elan poético de esos escritores trasnochados y deambulantes por Montparnasse y otros sitios del mundo, más vinculados a la dipsomanía –alcohólica, por supuesto- que a la verdadera creación artística.
–Les confieso, amigos de mi infancia, que en el mundo actual existen muchas verdades rebatibles –sentenció.

II

Mientras unos atribuían las exaltadas conclusiones a la inmadurez de la infancia y otros a la demencia de la senectud, Salvador se fue impelido por la necesidad de continuar sus profundas investigaciones acerca del papel de la gerontocracia en el futuro de la humanidad, obra que abarcaría el acontecer histórico en cada uno de los países y civilizaciones existentes, de acuerdo con el peso relativo que tuvieron en el deambular universal.
Por supuesto que lo haría teniendo en cuenta sus períodos de esplendor o decadencia en todos los campos de su vagar senil por el mundo. La bibliografía acopiada le permitiría desarrollar sus tesis y las correlativas conclusiones en un volumen de mil quinientas páginas, además de algunos ensayos y monografías específicos sobre pueblos en los cuales la senectud había resultado verdaderamente desastrosa.
A todos llamaban la atención los actos voluntariosos y el andar juvenil de un anciano que, en vez de bisabuelo del barrio, parecía más bien coetáneo de sus amigos infantiles. Tampoco se explicaban su expresión “amigos de mi infancia”, por el tiempo tan grande que los separaba –aunque tal vez se debiera a la hipótesis de que la senectud es como un estadio decadente de la niñez. El dinamismo lo atribuían, sin embargo, a su apresuramiento por emplear a fondo el resto de la existencia y no a su fenoménico origen.
Una tarde, después de la llovizna cabañuelera, Salvador arremetió contra ciertas teorías universalmente aceptadas. Lo hizo con tal pasión que hasta los famélicos gorriones del parque formaron el más grande revuelo conocido desde las tánganas estudiantiles, encabezadas por los muchachos del Instituto. Ese día formuló cuatro tesis radicalmente nuevas e irrebatibles científicamente, desde su punto de vista.
Para él, ni el origen de las especies, ni el sistema planetario, ni las figuras de Nazca, ni las culturas precolombinas quedan fehacientemente justificados por las nociones actuales.
–He estudiado todos esos fenómenos –dijo— y ninguna explicación es tan convincente como cualesquiera de las mías.
E inmediatamente demostró que el origen de las especies es lo más endeble y falto de rigor que pueda concebirse.
–Desde luego que la evolución es cierta, pero la génesis está en el espacio infinito, de donde proceden nuestros más remotos antepasados. Por supuesto, sin divinización alguna.
Luego explicó que estos arribaron como Noés espaciales a la tierra despoblada y se instalaron en diversos lugares del planeta, de acuerdo con las preferencias personales de los capitanes de familia.
–Que eran todos ancianos valetudinarios –precisó— y por eso fueron tan erráticos en la elección de sus asentamientos.
Después dijo que ninguna otra razón podría justificar el despoblamiento de parajes tan exóticos y acogedores como el Salto Ángel, la cuenca del Amazonas, las verdes praderas del Norte o los minúsculos valles de las islas caribeñas.
–Si nuestras especies fueran oriundas de la Tierra –explicó–, se habrían desarrollado en los más bellos lugares.
Esto demostraba palmariamente los dos ángulos del problema: la procedencia extraterrestre y la senectud de los capitanes, lo que confirmaba absolutamente su teoría. Por lo demás, nadie osará negar que los monos, condenados por la pereza de la ancianidad, constituyen una degeneración de aquellos remotos antecesores.
Acerca del sistema solar desarrolló una inconcebible hipótesis vinculada a la extinción de gigantescas especies que poblaron el planeta mucho antes de que arribaran los extraterrestres.
–Todos piensan –dijo—que nuestro sistema es como un conjunto de huevos fritos dispuestos sobre un mismo plato. Perciben el Sol como el ombligo del mundo, y eso es a todas luces falso.
Para Salvador resultaba indudable que ello es consecuencia de nuestro limitado intelecto, incapaz de concebir la realidad de otros planetas que circunvalan al sistema solar en órbitas perpendiculares –o al menos elípticas— a las de la galaxia en que venimos a ser microscópicos moradores.
A esto se deben ciertos fenómenos incomprensibles para los de escasas luces, pero reales y tangibles para los favorecidos por la brillantez del intelecto. Algunos hablan del Planeta X y lo vinculan a la extinción de los dinosaurios, como si no resultara elementalmente comprensible que murieron como consecuencia del virus más universal y exterminador –el tránsito del tiempo–, que debilitó sus descomunales organismos.
–Todos fallecieron de vejez simultánea –sentenció.
En cuanto a las figuras de Nazca defendía una concepción coherente con todo lo anterior: no son más que señales utilizadas por los primitivos extraterrestres para orientar sus naves hacia los lugares elegidos previamente.
–Por supuesto que las hicieron desde el espacio –aclaró–, ¿o acaso alguien piensa que pudieron lograrse con el esfuerzo y la inteligencia de las hormigas?
Casi ninguno de los chicos comprendió aquellas sugerentes hipótesis, que no se correspondían con las de sus niveles de enseñanza respectivos, pero todos permanecían alrededor del anciano increíble, de ideas ingenuamente subyugantes. Aunque no parecieran científicamente ciertas, la imaginación creadora se les tornaba dominante. Mas, de pronto los sorprendió con su razonamiento más avanzado:
–Las culturas precolombinas, ¡cuántas explicaciones inútiles!
Salvador afirmó, categórico, que estaban constituidas por los más jóvenes y vigorosos extraterrestres –genéticamente hablando–, pues fueron los últimos en arribar y se asentaron en territorios de clima acogedoramente suave, aunque algunos ya iban degenerando hacia el arribo de Cristóforo Colombo.
–Consecuencias del hedonismo y nada más –dijo.
Pero estaba seguro de que habrían desarrollado la civilización más floreciente de todos los tiempos, por el vigor que los impelía.
–Humanamente, nuestra cultura fue superior a la de los conquistadores –sentenció antes de marcharse.

III

Transcurrió un tiempo imprecisable antes de que volvieran a encontrarse los infantes del barrio. Pero cierto día, Inocencio Benjamín Flores notó la ausencia del anciano y animó a los amigos para visitarlo en su casucha, enclavada en las afueras del pueblo. Llegaron con el sol de la media mañana y penetraron por la puerta entrejunta.
–Salva –dijo Benja ante el genio.
Pero este no le permitió continuar. Saludó a los muchachos y comenzó una torrencial disertación acerca de su obra cumbre. Estaba claro que la capacidad senil de algunos gerontócratas resultaba insuficiente para enfrentar los problemas de su tiempo. Entonces ocurría que todo el poder verdadero, real y tangible, quedaba en manos de subalternos incompetentes por su inmadurez intelectual y por la incapacidad manifiesta para enfrentar las más acuciantes necesidades de la política, tanto interna como exterior. Vean si no la regresión de ciertos países que, increíblemente, “avanzan” hacia atrás.
–Ello se deriva –dijo con precisión— del minuspoder lastrado por la incompetencia.
Él conocía países infinitamente grandes, inmersos en las tembladeras del estancamiento. Por eso propugnaba que las facultades ejecutivas pasaran a manos de los jóvenes más competentes y que los venerables ancianos se convirtieran en conductores, para alcanzar los caros e impostergables objetivos de una sociedad sin degeneraciones.
Inocencio Benjamín y sus amigos habían enmudecido, no por el fabular teórico, sino por los indudables cambios en la fisonomía de Salvador.
–Salva, ¿se ha mirado en el espejo? –preguntó Benjamín.
–Eso aquí no existe –dijo Salvador y continuó–: Tales ornamentos sólo sirven para enaltecer el narcisismo o los traumas de los jóvenes, de acuerdo con lo que les haya tocado en el reparto del más banal de los conceptos: eso que ustedes llaman belleza y que yo considero el enmascaramiento de la esencia por la apariencia. A mi edad se convierte en un objeto innecesario e incapaz de reflejar el summum del intelecto, realmente válido e imperecedero cuando conserva la lucidez comprensiva de la genialidad.
–Pero, Salva, usted ha rejuvenecido –insistió el amigo.
E inmediatamente, los muchachos se lanzaron a la calle murmurando su asombro, porque Salvador había retrotraído su existencia, convirtiéndose en un fenómeno más raro todavía. El desconcierto resultaba descomunal para aquellos adolescentes incapaces de comprender las mutaciones del cuerpo humano. Por lo visto su vejez era regresiva, aunque no pudiera determinarse el ritmo del rejuvenecimiento.
Nada sabían de aquellos mellizos de la Benicia Ortigoza que habían nacido viejos, como si al parirlos la madre no más tuvieran de golpe como ochenta años cada uno. O también en aquella virgen pasita-de-uva que a la edad de ciento setenta y un años se abrió un agujero en el sobaco y por ahí sacó el niño de setenta y dos años, que empezó a decir cosas que nadie entendía y a quien le pusieron el nombre de La-dis-lao, que quiere decir Orejas-largas. Escuchaba y sabía todo lo que pasaba en el mundo. Increíblemente, Salvador tampoco conocía nada de esto y al paraguayo Roa Bastos se le había olvidado explicar si otros casos habían tenido esta insólita regresión.
A partir de entonces, el anciano comenzó a viajar de incógnito por todo el país, con la doble intención de evitar la persistente curiosidad pueblerina y de acopiar información para su obra cumbre. No obstante, mantenía correspondencia con Inocencio, clasificado por él como uno de los más lúcidos prospectos del barrio, en lo que sin duda tenía razón. Benja, como el provecto sabio solía decirle, había concluido la enseñanza primaria con los mejores resultados obtenidos durante los últimos cuatrocientos años.
Paralelamente se desarrollaba un curioso fenómeno de trasvasación entre ambos, caracterizado por el rejuvenecimiento precoz de uno y el envejecimiento ponderado del otro. Parecía como si estuvieran llamados a complementarse.
Cada uno siguió el curso de su vida, pero en el vigésimo quinto aniversario de ambos se abrazaron una tarde en la más céntrica calzada de la capital. Ese día corrieron el riesgo de que algún desaforado vehículo destrozara la existencia de unos genios anónimos. Inmediatamente saltaron al bar de enfrente para intercambiar información.