Por Ernesto Montero Acuña

Salvador había concluido su tesis, en lo fundamental, llegando a la conclusión de que el micromundo típico en que pervivía con mayor fuerza y nitidez la esencia de su estudio estaba en el más elevado altiplano del mundo, donde las almas de los monjes se conservan en estado vegetativo.
–Poseo alguna información sobre el Tíbet, pero existen otros sitios donde algunos llevan el templo de Yokang por dentro –dijo Inocencio Benjamín.
–Estás muy actualizado… Pero, dime qué haces –inquirió Salvador.
–Me he especializado en una incipiente rama de la electrónica, aunque también sigo el acontecer universal auxiliado por las tesis que has venido desarrollando en tus últimas cartas –le respondió.
–Me alienta servirte para algo. Ya verás las conclusiones.

Después de despedirse, Salvador marchó hacia cierta empresa que le habían recomendado, en el Barrio Chino. Ese día entraba en la edad laboral, según infirió de una copiosa legislación sobre esa materia, a la que quiso dedicarle mayo atención, pero con resultado adverso.
–No se debe perder el tiempo en algo que se resolverá con la conciencia –dijo por fin.
En aquella instalación de granítico nombre lo recibió una anciana, sólidamente instalada tras un buró que impedía el acceso.
–¿Qué desea? –preguntó ella.
–Ver al jefe –le contestó.
–¿Para qué? –inquirió ella.
–Busco trabajo –dijo él.
–¡Ah! Eso es en personal, pero no quedan plazas de CVP –respondió ella con expresión más favorable.
–No sé qué trabajo sea ese, pero hoy me corresponde incorporarme.
Ella lo miró de arriba abajo con una sonrisa socarrona y pensando de dónde habría salido el loco aquel. No obstante, le permitió pasar al departamento de personal.
–Vea al compañero Barrote –dijo y le indicó la oficina a la que debería dirigirse.
Allí le ofrecieron una plaza de sereno, con un salario que dependería de la diferencia entre el último devengado en el centro de trabajo anterior y lo que estuviera cobrando por la seguridad social. Después le dijeron que la contrata sería por treinta días, para cuidar unos hierros –que él dedujo inservibles— en un lugar apartado de la ciudad. Y, por último, tendría que traer actualizado su carné de identidad para firmar, al día siguiente, el documento establecido.
Salvador explotó:
–Debo decirle, compañero, que no poseo ninguno de esos documentos y, además, exijo un trato correlacionado con mi nivel intelectual.
–¡Ah! No sabíamos que fuera técnico. Pero a punto de jubilarse no nos conviene –le respondieron.
Fue a decir una barbaridad, pero se contuvo:
–Mire, amigo Barrote, quiero incorporarme al trabajo, porque hoy comienza mi vida laboral. Tengo sesenta años, pero mañana tendré cincuentinueve y trescientos sesenticuatro días, y el tiempo continuará descendiendo hasta cuando me convierta en un bebé, luego en un feto, después en un espermatozoide, y así sucesivamente… ¿Me comprende?
–Compañero –dijo el otro preocupado–, si usted lo que necesita es un peritaje médico, se lo podemos resolver, como caso social.
La expresión de Salvador fue tornándose mefistofélica y, a punto de estallar, imploró casi:
–Sólo le pido trabajar: cumplir con mi deber… ¿Usted no ha sentido esa necesidad?
El otro lo observaba anonadado, sin saber qué respondería. De pronto tomó una resolución:
–Venga mañana, ¿quiere? Hablaré con el director para ver qué podemos ofrecerle.
Salvador volvió. Tras dos horas de discusión en las que explicó su origen, los estudios sobre la gerontocracia, el carácter ético y formador del trabajo y otras consideraciones fundamentales, obtuvo una contrata como sereno, por treinta días, y con la condición de que trajera sus documentos, pues no poseerlos constituía una violación.
Él prefirió edulcorar las relaciones: Váyanse acostumbrando a mi presencia. Algún día lo sustituiré –sentenció apuntando al jefe, quien solicitó un sedante fuerte, con urgencia.

V

Salvador inició entonces un recorrido por las estrechas callejuelas de la ciudad, pensando en analogías con personajes que había estudiado prolijamente en la historia universal, en distintas épocas y países.
Pero, peor ocurrió cuando quiso matricular fenomenología, por cursos dirigidos, en la universidad.
–Imposible –le dijo una exuberante muchacha.
–¿Limitan mis posibilidades? –inquirió.
–No, compañero, lo que pasa es que existen normas, resoluciones, en fin, documentos que rigen el ingreso –le respondió.
Él razonó, explicó, adujo derechos… Pero nada.
–Si desea –dijo la joven de enloquecedores cabellos— podría tomar un curso por la libre en Historia… o algo así. Aunque de todas formas tiene que traer los documentos.
Y al fin se legalizó. Los fenomenólogos y sus padres –ya fallecidos—habían tenido la previsión de inscribirlo en el Registro Civil como Salvador Universo y otros datos que a él le resultaban indiferentes. Así obtuvo el carné de identidad y lo necesario para matricular en la universidad, en la que estudió todas las carreras por la libre, graduándose con las mejores notas. En un quinquenio se convirtió, gracias a la voluntad, en doctor en Ciencias Universales y experto en Lingüística Arcaica y Moderna. Sólo se abstuvo de estudiar el Esperanto, por cierta incomprensión personal:
–Cuando sirva para algo ya no existiré –coligió.
Con cincuenta y cinco años biológicos, treinta cronológicos y una larga experiencia regresiva, ocupó la dirección de su empresa, donde muchos opinaban que había falsificado sus documentos, a nivel de relaciones, y confundieron la competencia intelectual con el oportunismo.
Inició una batalla reformadora sustentada en la participación colectiva y en la promoción de los más honestos y capaces a los más importantes cargos de dirección. En unos meses logró elevados niveles de producción, introdujo novísimas técnicas digitales y se enfrentó a los detractores y escépticos con inusual audacia, y sin abandonar la obra abarcadora de sus fundamentales conceptos. Había confirmado en la práctica que la gerontocracia era a la sociedad lo que la esclerosis de las arterias al organismo humano.
–Baldones del progreso –sentenció.
A propósito de tales asuntos sostenía frecuentes intercambios con su amigo Inocencio Benjamín, quien enfrentaba situaciones semejantes contra tecnócratas inveterados, con mentalidad de monjes tibetanos.
–Aún conciben un mundo plano con límites en Nepal. Viven en una época anterior a Ptolomeo –dijo Inocencio cierto día.
Por eso se había refugiado en la literatura, fundamentalmente ensayística, con temáticas tan audaces como La desconfianza y sus consecuencias para el progreso; una obra sobre las matemáticas aplicadas a las nociones concretas del vivir cotidiano; y Las necesidades no son infinitas ni abstractas, sino finitas y concretas, considerada básica para comprender los requerimientos humanos en lo relativo a la subsistencia en el nivel adecuado a las posibilidades de una sociedad específica.
Salvador aplaudió estas tesis con inusitado optimismo.
–Tenemos que impedir –dijo—la fusión de la senectud y las ambiciones marrulleras. El mundo estaría irremediablemente perdido. Pienso que unidos lo impediremos. Inocencio prometió mantener esa unidad de criterios y acometer cuanta empresa lo requiriera, aunque debería dedicar el mayor tiempo posible al cuidado de sus hijos, la esposa y el hogar, cuestiones que no están reñidas con el intelecto. Para Salvador esto no tenía la menor trascendencia, pues la vida célibe limitaba su marco referencial acerca de las cuestiones domésticas.
De acuerdo con estas premisas, los progresos de ambos fueron notables durante los diez años siguientes.

VI

Mas, nadie se explica aún por qué recónditas razones, Salvador fue víctima de un amor tan desaforado. Para quienes lo conocieron hasta el fondo de su alma, parecía imposible que este hombre absorto resultara defraudado.
Lo cierto es que se deslumbró ante los encantos incógnitos, sin comprender que la belleza encubre un sentido ético y otro estético, difíciles de conjugar. Se dejó arrastrar por la pendiente de las pasiones tumultuosas y concluyó en el despeñadero de los lugares comunes, utilizados por él en narraciones desiguales, pero que aún conservan el encanto y la ingenuidad típicos del hombre embalsamado en la inocencia.
Cuando la conoció, hasta las hormiguitas comenzaron a ser objeto de sus caricias. Adoraba las flores, se iba al mar para vivir los atardeceres tristes, se refugiaba en los rincones inencontrables, a soñar; planificaba los hijos del futuro, disfrutaba las noches de amor susurrante –por anticipado— y sonreía feliz a todos. Por último cayó en los excesos de escribir poemas cursis o declamar antiquísimos versos chinos, por el estilo de “Envejeceremos juntos:/ yo con nieve en mis cabellos/ y tú con luna en los tuyos”. Pero lo peor era que lo confesaba sin comprender el doloroso distanciamiento entre lo real y lo ideal.
Se casaron y después de una desgraciada vida en común, pródiga en improperios, se quedó en el más deplorable abandono. Su obra se había retrasado una década, y él no encontraba energía para proseguirla.
Solamente lo sostuvo su genético sentido del deber, a pesar de que lo absorbió la tanatofobia. Su extinción estaba prefijada con exactitud de microsegundos, desde su nacimiento. Sin embargo, no la aceptaba.
–Todo es fenecible, pero no quiero… –dijo en una noche de insomnio.
Al siguiente día comenzó su reanimación, aunque lastrado por la abulia. No obstante, reinició la obra de su vida, le impregnó más vigor a su trabajo y mantuvo sus ingenuas sonrisas, prodigadas con timidez. Por esta época descubrió una tarde en el mirador, frente a un poblado playero, que si la guerra comenzara en aquel instante, la inocencia de los niños se destruiría para todas sus vidas.
–Por eso hay que destituir a la gerontocracia y convertir las armas en juguetes –dijo antes de marcharse.
En la mitad de su existir comprendió que la soledad es el más deplorable de los estados. “Pero ocuparse de los demás compensa los infortunios”, pensó. Había descubierto un camino inédito, sólo recorrible transido por una racional correlación entre la tristeza y la esperanza, y se propuso retornar al celibato.
Luego de la micción de la victoria en un poste del alumbrado público, buscó a Benjamín una madrugada para continuar la obra de barrer las concepciones arcaicas de los valetudinarios. En un tiempo insignificante, recuperaron el ánimo perdido y concluyeron las obras previstas en los planes. Fue otro hombre. Sin duda, estos tiempos resultaron los más fructíferos de su vida.
Como reconocimiento, a los dos les encomendaron la construcción del Palacio Universal Infantil, obra en la que conjugaron elementos de Alicia en el país de las maravillas, Los viajes de Gulliver, La bella durmiente del bosque, El principito, Robinson Crusoe, una estatua monumental de Don Quijote de la Mancha y numerosos ingredientes y personajes de la literatura universal, integrados a la concepción arquitectónica de Nieméyer.
El resultado fue un enorme globo de cristal, con escaleras neumáticas –ascendentes y descendentes–, una montaña rusa de mil metros que se detenía cinco minutos en un mirador desde el cual podía observarse toda la literatura universal protagonizada por los personajes originales, las siete maravillas y las más bellas ciudades del mundo recorridas por sus habitantes cotidianos, el Salto de Ángel a escala natural, el esqueleto del leopardo de Hemingway, réplicas de los extraterrestres –pues resultó imposible obtener los originales–, un mural con las figuras de Nazca, exactamente calcadas; y comunidades precolombinas, cuyos habitantes eran, además, guías e inocentes portadores de un mensaje a la concordia, como víctimas que habían sido de la barbarie gerontocrática.
A la entrada habían inscrito una frase lapidaria: “Respetemos la pureza”.
–Hoy he descubierto lo esencial del amor –dijo el día de la inauguración, y sollozó.
Luego asumió con ascética consagración su monumental estudio, reiteradamente pospuesto, aunque sin abandonar sus actividades como exaltador de las virtudes humanas, defensor de la ética en la niñez y la juventud, y como juez universal contra los quebrantadores del honor.

VII

Inocencio Benjamín, entretanto, había arribado a la edad legalmente establecida para acceder a la jubilación, y comenzaron a proponérsela.
–Amigos míos –solía responder–, aún no lo he pensado.
Mas le faltaban suficientes argumentos, porque ciertamente había que darles paso a jóvenes muy capaces y preparados en las mejores universidades del país. De todas formas continuó negándose. Pero Inocencio, hombre capaz, no era lo que podría considerarse un ser voluntarioso y, en resumen, con argumentos más o menos conmovedores lo convencieron de que se jubilara.
–Total –dijo un funcionario–, así podrás al fin escribir tus memorias.
Pero él aclaró que las memorias las llevaba en el cerebro y que aceptaría el retiro con la condición de continuar voluntariamente sus labores, pues no se iba a convertir en mandadero, haciendo colas por ahí.
–Trabajaré hasta la muerte –concluyó.
Salvador cumplió por entonces los veinticinco años y lo nombraron presidente de la Comisión Universal para la correcta formación ética de la niñez y la juventud, tarea que acometió con el criterio revolucionario de recorrer todos los países, a pie, y visitar los prostíbulos y garitos –donde existieran—para convencer a los descarriados. Por otro lado, también fortalecería el espíritu de los consecuentes con la elevada responsabilidad del mundo moderno.
–Quien yerra de joven –decía–, lo lamenta en la vejez. Inevitablemente, debe contraer la responsabilidad del arrepentimiento.
Tal vez esto no fuera tan absoluto, pero trabajó en ello intensamente durante la última etapa de su existencia y al cumplir los diecisiete años concluyó, al fin, su obra monumental: La influencia de la gerontocracia en los destinos de la humanidad. Se sentía presionado ya por la minúscula existencia que se le escapaba. Después de una exhaustiva revisión de los originales, visitó a Benja para que le escribiera el exordio y le rectificara cualquier error de esos que se deslizan hasta en los textos más pulidos.
–¡Ah, sí! –le dijo su amigo, en pantuflas, sin desatender la televisión planetaria–: Déjalo sobre el sofá, que esta película sobre la muerte computarizada es de las mejores que he visto.
Salvador salió francamente desconcertado, porque ya no existían hombres tan vehementes y apasionados como él. Hasta su amigo más íntegro estaba viciado por el acomodaticio hábito de la modernidad. Su espíritu regresivo resultaba lacerado por la frustración afectiva e intelectual. En la calle escuchó que Gardenia, flor con nombre de mujer, le decía desde el balcón:
–No te vayas, ingenuo de las maravillas, que la vida es inmortal.
Pero de todas formas se marchó, huyéndole a las verdades afectivas.
No obstante, su amigo leyó en los días sucesivos aquella obra extensa, prolija en detalles, en muchos sentidos utópica y que concluía con un párrafo inconcebible.
Salvador expresaba, en resumen, que sus estudios acerca de las civilizaciones demostraban, fehacientemente, las consecuencias dañinas de la gerontocracia; pues, más que una forma de gobernar, es un estado de anquilosamiento del espíritu. Por eso debería primar, según él, la comprensión humanista de que el vivir se manifiesta en dos planos fundamentales: el ego sum y el ego politicus, los que jamás deberán estar desvinculados del ánimo reformador y juvenil. La esencia democrática no se sustenta en el poder de los elegidos, sino en el de los electores, que no es lo mismo –sentenciaba. Por lo demás, concluía con cierto sentido paradojal, “existen tanto la ancianidad juvenil como la juventud senil”.
–El mundo –concluía— debe estar representado por los niños.
–¿Qué te parece? –dijo la flor con nombre de mujer, y su esposo le respondió:
–Pienso que en pocos años Salvador será el presidente del Parlamento Universal Infantil, donde tendrá gran influencia la dulzura de las niñas.