Por Ernesto Montero Acuña

El hombre pensó que observaría la caída del atardecer detrás del mogote del patio e iría al potrero en busca de su potro más nuevo. Lo aparejaría, se alzaría sobre los estribos y se despediría lacónicamente, con el sombrero en la mano.

–Cuídense, por si no vuelvo –les diría a los padres y hermanos, hembras y varones. Cabalgaría hacia la tranquera, mientras su madre lanzaba a todos los vientos su alarido:

–¡Deténganlo, que está loco!

Pero el marido y los hijos se quedarían sembrados en sus sitios.

Nadie podría nunca explicarse su repentina decisión. Sólo él le hallaría sentido a la atracción de aquel insólito perfume, más poderoso que el de todas las flores, y lo seguiría por los caminos del mundo hasta donde fuera.

Envuelto por la polvareda del verano viajaría entre montes poblados por aulladores perros jíbaros, depredadores de cuanto venado hubiera, y por praderas calcinadas por el insumiso sol del Caribe. Pensaría en la última guerra devastadora, que habíamos perdido por incomprensiones, desacuerdos, decisiones tardías y muertes fortuitas. Pero mantendríamos el valor hasta un día.

Durante las noches atravesaría caseríos erguidos sobre raquíticos horcones y cubiertos por tablas de palma y guano silvestres. Por las rendijas, a la luz titilante de las chismosas, lo seguirían ojos rasgados por tantas lejanías perseguidas, protegidos del polvo y el sol copioso del verano. A veces se detendría en alguna hacienda, medio en ruinas y arruinada, para conseguir con qué continuar hacia el destino de su viaje incierto.

Una tarde observaría la feroz batalla de dos toros bravos, embistiéndose con inusitada violencia por una vaca en celo. Al más fiero, la sangre le cubriría la cerviz, el lomo y una paleta, y continuaría manándole desde el cuerno hasta el suelo. A veces detendrían las arremetidas, patearían feroces, enterrarían sus cuernos insensibles y proseguirían el combate con la saña dictada por la naturaleza.

Pasado el tiempo, mermarían las fuerzas del toro herido. Su debilidad tornaría inconsistentes sus embestidas estáticas, inertes, indefensas ante su contrincante. Detenido soportaría la arremetida final. Se tambalearía, apoyando las rodillas en el suelo rojo, y aún resistiría otra acometida. Su rival lanzaría un mugido estentóreo por todos los aires, proclamando la victoria. Luego marcharía hacia la vaquita recién conquistada.

Mas el toro del tarro roto, en un esfuerzo supremo, se erguiría nuevamente, tambaleándose, y se lanzaría en furiosa arremetida contra el lado derecho de su rival y le ensartaría un ojo, con su cuerno sano. El otro trataría de ocultar la cabeza entre las patas para deshacerse del dolor. Pero ambos estarían perdidos. Intentarían agredirse una vez más, incrementar el daño recíproco, hasta cuando ninguno pudiera con el peso de sí mismo. Desde el suelo, arrodillados, se observarían.

Él descruzaría la pierna izquierda, anteriormente sobre la montura, y continuaría su peregrinar.

Aquel perfume lo conduciría por recónditos parajes, hasta la tarde en que lo arrastraría hacia la sabana más acogedora del planeta, en el Realengo de las 26 leguas. Bordearía la ceiba y se introduciría en el montecito que ensombrecía una casa portentosa, de la cual provendría aquel perfume indefinible, perseguido por él a lo largo de seis meses.

Desmontaría, marcharía hacia el centro de la sala y se detendría frente a la mecedora donde Trinidad Bermúdez bordaría dos corazones, sangrantes y perfumados, sobre una sábana de lienzo blanco. Descubriría así que el poder que arrastra al hombre por los caminos de la vida es el olor a mujer enamorada.

–He venido para casarme –le diría.

–¿Con quién? –preguntaría ella.

–Contigo.

–No lo tengo pensado todavía.

–Piénselo hasta diciembre.

–No sé si habrá tiempo.

–En diciembre nos casamos.

–Si usted lo dice –contestaría ella, cubriendo la sábana con sus cabellos negros.

–Mañana vuelvo –diría él.

Se alejaría en su potro hacia el arroyo del monte. Mas aún se volvería, antes de extraviarse entre los árboles, y vería a Trinidad diciéndole adiós con las sábanas al aire, como si le brotaran alas. Proseguiría su marcha hasta la corriente, descendería de la bestia, se desnudaría y se lanzaría al agua.

Sólo entonces se daría cuenta de que una barba negra de ciento noventiocho días le ocultaba el rostro. Bañado, tendería la hamaca entre los árboles y, por primera vez, dormiría en paz.

Amanecería conmovido por las aves y deslumbrado por el sol. Estaría como recién nacido; como si comenzara la vida, siendo un hombre mayor. En ese estado pensaría en Trinidad, una vez más, y en las desgracias que les depararía el porvenir.

–La vida tiene dos caras –diría en el camino hacia el arroyo.

Buscaría luego el caballo entre los hierbazales húmedos. Le pondría el basto, la montura y el freno; se ajustaría las espuelas niqueladas y partiría hacia la casa de los Bermúdez. Daría los buenos días en la sala, donde Trinidad estaría bordando y lo saludaría sin alzar el rostro para observarlo.

–¿Ya lo pensó? –le preguntaría él.

–No he tenido tiempo –le respondería ella.

–De aquí a diciembre le sobra.

–Casi seguro.

–Mejor así.

–Si usted lo dice.

–La vida lo dispone.

–No sé si es así, pero mi familia se opondrá.

–Como todas.

–No, peor.

–Ya se les pasará.

–Cuídese, que yo los conozco.

–Yo también.

–No quiero muertos por mi culpa.

–En diciembre nos casamos.

Trinidad le respondería que lo iba a tener en cuenta, pero le insistiría en que tomara sus previsiones, porque podrían tasajearlo a machetazos una noche cualquiera, y ella no quería que hubiera muertos de amor por su culpa.

–Total, si hay otras por ahí –le diría.

–Pero no son usted –le contestaría él, cuando llegaban los tres hermanos.

–¿Se va? –le preguntaría el mayor.

–Ya es hora –le respondería él.

–Todavía no.

–Entonces, usted dirá.

–Dicen que vino por Trinidad.

–Así es.

–Pues no nos gusta.

–Yo no vine por ustedes.

–Pero nosotros nos interesamos por usted.

–Usted dirá.

–Ella no piensa casarse –diría el otro.

Observaría a sus futuros cuñados y se daría cuenta de que eran hombres de imponerse.

–El matrimonio será en diciembre –respondería él.

–¿Y tú que dices? –le preguntaría a ella el otro hermano.

–Lo vengo pensando –le respondería.

–Pues vuelva cuando ella termine de pensarlo –le diría el mayor.

–Señores, no vine a casarme con ustedes.

Entonces intervendría el último:

–La verdad es que como “hembra” no nos alcanzas.

–Es mejor que no haya rencores entre cuñados –le respondería él, antes de despedirse, y concluiría: –Señores, en la vida nos veremos muchas veces.

Al atardecer, el padre de los Bermúdez volcaría su rabia contra la hija impertérrita, sentada en la mecedora.

–Qué bonito está esto, ¡carajo! –diría–: así que ese degenerado prófugo de la justicia viene a casarse contigo que eres una mocosa capaz de hacerle caso al primero que se te aparece y te engatusa con sus cuentos de camino contando con un penco y una hamaca como si el matrimonio fuera cosa de gente que no tiene ni donde caerse muerta y no de hombres que puedan ofrecerle a la mujer lo que ella necesita para el futuro y los hijos que vendrán luego de refocilarse en la cama, como si lo primero no fuera romperse el lomo atendiendo sus ocupaciones, que nunca faltan, en vez de andar engañando muchachitas sin destetar como la boba esta que no sabe ni de donde salen los túnicos que se pone para que aspire a un hombre de vergüenza y no a un caminante que aparece por ahí con sus historias y su cara de bandolero muerto de hambre, de padres ladrones, seguro, porque ese degenerado no viene de gente honrada ni nunca verá la honradez hasta cuando se muera y ni en el infierno la va a encontrar entre los diablos, que deben ser mejores que él, porque no andan por ahí mortificándole la sangre a los demás y buscando desgracias entre los hombres como yo y sus hermano que jamás le hicimos daño a nadie, ni su madre tampoco, santa mujer, incapaz de mirar a otro que no fuera yo, y ahí la tiene como ejemplo, y –fíjese bien—si lo encuentro por aquí se le van a acabar las desvergüenzas. ¿Me oyó?

–¿Y usted cómo sabe que es sinvergüenza? –preguntaría ella.

–¿Y usted como sabe que no lo es?

–Porque se le ve en los ojos…

–Qué bonito está esto, ¡carajo! Así que usted ya aprendió a conocerles a los hombres en los ojos sin ver más ninguno que los de ese mequetrefe que nadie sabe qué madre parió y lo único que nos faltaba es que hubiera sido voluntario al lado del enemigo y anduviera ahora escondiéndose de quienes lo persiguen para cobrarle su traición, a ver si así paga algo del infortunio de nosotros. Pregúntele a su madre, que no me dejará mentir, cuándo me vio persiguiendo muchachitas por ahí y que le diga si ella no tuvo todo lo que la vida demanda –y así proseguiría su catilinaria por una buena media hora más, hasta cuando de nuevo preguntaría: ¿Usted me está oyendo, carajo?

Trinidad estaría sumida en su delicada ocupación de bordar corazones perfumados. Por eso se habría extraviado en los laberintos de los razonamientos de su padre, hombre desacostumbrado a la sensibilidad femenina.

–Lo oigo, pero usted dice tantas cosas, que ya ni me acuerdo.

–No quiero relaciones con forajidos, ¿me oyó?

En eso habrían estado, cuando él llegaría, daría las buenas tardes y preguntaría si se podía pasar.

En este instante, recordaría lo que habría de ocurrirle diez y siete años después a Ramón, el más violento hermano de Trinidad.

–Pobre loco –diría él–, ante la barraca donde su cuñado, entre rejas, lanzaba improperios contra quienes lo habían confinado en el calabozo de los traidores a la patria.

–O me sacan o me matan –diría su pariente–, pero no pueden hacerle esto, ¡carajo!, a un alférez de la revolución.

Lo cierto es que Ramón estaría perdiendo el buen juicio. A veces divagaría sobre su deportación a Ceuta por conspirador, sobre sus combates y acerca de la batalla que habría librado junto al general Sánchez, la tarde ardiente en que los sorprenderían a la sombra de las palmas reales, y pelearían fieramente contra aquella columna enemiga que los habría envuelto durante el día sangriento en que todos sus compañeros caerían, y sólo resistirían él y su general, ya con la cadera destrozada, mientras los rayos del sol se filtrarían entre los árboles y el humo de la pólvora.

Sería entonces cuando tendría que cumplir la orden más cruel de la vida, porque para el general no habría salvación.

–Prisionero no, ¡mátame! –diría que le había dicho.

Él se negaría argumentando falsedades, la piedad del enemigo, por ejemplo; pero el general lo convencería con el argumento más simple del mundo:

–Si no lo haces tú, lo harán ellos.

Así, le pondría el cañón de su fusil en la sien y apretaría el gatillo con suavidad femenina. Después se escurriría entre los arbustos, detrás de las rocas, entre los barrancos, hasta perderse en la frescura del bosque, sin un rasguño; pero destrozado para siempre.

–Mi general, ¡carajo! –diría luego su cuñado en el calabozo donde lo confinaron–, sólo usted puede entenderme.

Él lo oiría golpear las paredes, día y noche, con los puños sangrantes, y con los pies y la cabeza; pero nada, porque en la guerra recién recomenzada no tendría salvación el acusado de asesinar a su jefe, aunque fuera por misericordia. Al final, moriría de una rabia profunda, la noche que proferiría una frase demencial:

–Esta guerra la ganaremos, mi general, pero cuídese de los pendejos.

Ramón habría quedado en una tumba ignorada y cubierta por el romerillo, rumiando su inocencia, más allá de la muerte.

Los rencores ya estarían apagados, después de aquella boda en diciembre, y sólo quedaría la cicatriz de un machetazo tras el pabellón de la oreja izquierda, la tarde en que las pasiones se desbordaron, como recordaría luego sobre la tumba del cuñado.

Aquella tarde ni siquiera habría podido describirle a Trinidad el Valle de las garzas, cantado setenta años después por Lucas Buchillón, el poeta inválido; pues sus cuñados le habrían ido arriba, machetes en mano, en el instante en que él pensaría en aquellas aves blancas, rastreadoras de insectos tras el arado, que hendiría la tierra e impregnaría la atmósfera con el humus fresco. Percibiría entonces el dolor y la sangre, y a Trinidad, que se le encimaría y le pediría, por favor, que se fuera y evitara más sangre de familia, o acaso no se daba cuenta de la manera de ser de esos salvajes de mierda que nada saben de ternura ni de perfumes de mujer, ni de corazones sangrantes por amores desaforados, ¡coño!; mira cómo te han puesto. Sería mejor que te fueras y no arrojaras sobre el amor el estigma de la sangre.

Lo iría empujando, a la vez que musitaría “por favor, vete”, hasta cuando él se marchara sin identificar la verdadera dimensión de su cólera. En el arroyo se curaría con agua pura y yerbas silvestres, pero por la noche escucharía, entre la niebla de los sueños, los gritos de Trinidad. Pensaría que lo llamaba, pero no, simplemente, soñaba.

Trinidad lo vería descuartizado por las aves de rapiña y otros depredadores que se lo llevaban hacia las nubes –o más lejos aún–, sin siquiera consumar la ilusión de que él la amara, y trataría de atajarlo para que volviera con su hambre física de muchos días y su fiebre amorosa de tantos años, aunque jamás les permitieran casarse, ni vivir juntos y tranquilos; pero que viniera otra vez vivo para siempre. Diciendo esto, vería caer sus ojos desmesurados sobre los corazones sangrantes de la sábana blanca.

–¡Nooo! –gritaría entonces, y al instante se prenderían las lámparas de la mansión construida por lejanos antecesores.

–¿Qué te pasa? –gritaría su hermano mayor ante la puerta.

Sin querer, Trinidad apreciaría la portentosa desnudez de aquel, pero asociada a la del que perturbaba su sueño y le provocaba deseos inéditos. Habría descubierto entre la bruma del sueño, la sensación del pecado, algo sin lo que jamás podría conciliar luego el sueño, en las noches de su vida.

–Nada, pero vete –le susurraría, cubriéndose el rostro con la sábana.

Luego aparecerían todos lo demás: el padre y los otros hermanos, tal cual eran en sus desnudeces.

–Nada más quiero que se vayan –les diría, mirándolos.

Ellos tratarían de cubrirse, precisamente cuando él gritaría desde el portal:

–Trinidad, ¿qué te ha sucedido?

–Váyase –diría ella–, que en diciembre nos casamos.

Sólo entonces se percataría él de que iba a morir, años más tarde, luego de procrear tres hijos, signados también por el empeño de perseguir la revelación de perfumes repentinos, que los conducirían por recónditos caminos hasta encontrar mujeres que los esperarían bordando corazones sangrantes, sobre blancas sábanas perfumadas.

“Así será siempre”, habría dicho aquella tarde frente al mogote del patio, alzado sobre los estribos del caballo, mientras se despedía de la familia para salir a recorrer su vida, hasta morir entre los alambres de la Trocha, en la otra guerra, recordando el alarido de su madre para impedirle la muerte.