Por Ernesto Montero Acuña                                                       

Cuando el padre le dijo que se iban, Salvador tuvo la sensación de que se le nublaba el Sol.  En su menguante ancianidad elaboraba, años después, acontecimientos del pasado como si fueran del futuro y vivía en su infancia sucesos de la vejez, o a la inversa, en la vejez hechos de su infancia. Su limbo indescriptible era, sin embargo, en algún sentido coherente.

En el futuro llegó a no saber, en su mundo del Sur recóndito, cómo la enfermedad de la Alazana tuvo tanto que ver en las vidas de todos. “Seguro fue”, decía en el pasado, “porque nos entristecimos y a mi padre y a los otros vecinos les entró el acorralamiento de sentirse siempre mal”, hasta el día en que les dijo a él y a la hermana que se iban.

–¿Por qué? –le preguntaron.

–¿No ven? –contestó el padre.

La hierba se lo comía todo.

Por la Alazana y lo que venía de antes, seguro estuvieron así, pensó Salvador años más tarde. Pero aquella vez no entendió nada y dijo:

–Podemos arrancarla si le ayudo.

El padre dijo que no se podía y lo mejor era que se fueran para que ellos aprendieran, algo que Salvador no comprendía.

–¿Aprender qué, si ya sabemos? –dijo.

–Eso no es saber… Pero puede que no estudien mucho –respondió el padre.

En el futuro Salvador pensaba: “Me alegré entonces, porque así no tenía que aburrirme en los colegios que él decía. Pero lo que no entendía era cómo teníamos que irnos, si uno podía andar  por donde quisiera sin estar pensado en las cosas del pueblo, como en la casa de la tía, que siempre decía “no salga a la calle, porque viene un carro y me lo arrolla”, y lo mandaba a estarme tranquilo, y por eso se aburría. Como si fuera un bobo senil o un infante entretenido.

–¿Y qué hacemos con las cosas que tenemos? –preguntó la tarde aquella.

–Venderlas.

–¿Y a quien las compre no le pasará igual? –preguntó.

El padre dijo que no.

– Lo que nos pasa es que su madre se enfermó y casi se moría –dijo. — Es como una maldición que nos han echado –añadió.

Salvador repetiría años más tarde: “Pobre mi padre con su ilusión de irnos. Se nos enredaban el antes y el después y no teníamos suerte. Pero lo peor fue la enfermedad de la Alazana, que supimos otro día”.

El padre entró y dijo en la cocina:

–Se nos muere la bestia.

Desde el fogón, la esposa respondió primero con un ramo de arrugas y después con una pregunta indefensa:

–¿De qué?

No lo dijo para saber la enfermedad que fuera, si se sabía, sino para despojarse de la carga.

–De alguna enfermedad –dijo el marido.

Luego se miraron y no lo querían creer, porque allí, morirse la bestia era como morirse uno.

“Quizás ya estábamos salados cuando llegamos y la Alazana, con sus cascos, sacaba chispas en las lajas del arroyo”, recordaba luego Salvador. Así fue la tarde de lluvia en que su madre se quejaba del agua que venia cayéndoles y el fango.

–Las muchachitas pueden enfermarse –decía.

Enseguida preguntó dónde estaba la casa esa, mientras Salvador pensaba en lo negro que se pone el monte cuando se hace de noche y llueve. Ni el trillo se veía y la Alazana iba ciega.

La madre insistía en cuándo llegábamos y en que tapara con ese saco a las muchachitas, a ver si no se mojaban tanto, y no nos amanecían enfermas. Desde la otra bestia, el esposo gritaba que se apurara, mujer, para que llegáramos pronto. Y ella le respondía que esto nos pasaba por venirnos a meter tan lejos, en lo más oculto del Sur. Sus razones tenían, imposibilitados de atender científicamente al hijo desmesurado, de modo que el vecindario no lo percibiera como el extraño fenómeno de un anciano loco que había nacido así.

“Sería por eso” -pensó Salvador luego.

Pero en el lugar de donde iban tampoco servía la tierra. El padre inventó los bailes a peso por hombre y le quitó las paredes a la casa, para ver si podían mejorar y atenderlo. Llevó música y bebida y fue gente de otros lugares y se dio una fiesta muy grande. Pero tampoco resultó. La madre decía que aquello iba a traer desgracias, porque el esposo no tenía carácter de fiestero y un día se iba a matar con cualquiera. Por fin se arrepintieron de los bailes.

Mas en este nuevo sitio empezaban peor.

El padre dijo: “Por aquí” –y se metió entre unos almácigos de sombra negra.

–Llegamos –volvió a decir.

¡Qué lástima!, la casa no tenía paredes. Después vino la enfermedad de la Alazana.

–¿Y qué hacemos ahora con la bestia? –dijo la esposa con un suspiro.

–No sé… Dicen que corriéndola –respondió el marido.

Salvador pensó que seguro empeoraba, porque cuando uno se enferma no quisiera ni levantarse, sino quedarse ahí, tranquilo, en la cama, y que le den cocimientos o lo que sea, para que sude la fiebre y pueda levantarse, y no le duelan tanto los huesos. No sabía cómo será con los animales. Pero a la Alazana no le iba a gustar que la levantaran, y que el padre se le subiera y se pusiera a correrla con su peso tan grande, y con el de ella, y con el de la enfermedad que tuviera.

–¿Y tú piensas que la carrera la cure? –preguntó ella.

–No sé… Dicen que así se quita lo que seguro tiene.

–¿Y si no?

–No sé.

La madre desapareció sus manos en el humo del fogón, le brindó café

al esposo y él encendió un cigarro.

–Voy a verla –dijo–.Va y se siente mejor –prosiguió.

–Lléveme –le dijo Salvador.

Él respondió que se quedara. El hijo le explicó que va y se moría, y el padre le respondió que no dijera eso, ¿qué sabe usted? Salvador no quería que pasara, y el padre volvió a decir que no podía llevarlo porque tenía ocupaciones y si ella seguía así tenía que hacerle algún remedio. A ver si se salvaba.

–Llévalo… Siempre dijiste que era de él. Seguro se lo creyó –dijo la esposa.

–Va a molestar.

–Yo voy, yo voy. Espéreme.

–No tengo tiempo… Apúrese –respondió el padre.

Se adentró por la siembra y Salvador le corrió detrás, enredándose en los bejucos, hasta cuando llegaron al monte.

La Alazana había hecho un limpio grande, de revolcarse, en la yerba. Miraba con unos ojos como de persona que agoniza. Parecía que hasta verlos le doliera. Seguro no pensaba, porque la fiebre y el dolor no dejan pensar cuando uno se enferma, y así estaba. El padre la llamaba y ella lo miraba desde el suelo, y se movía. Hacía por pararse, pero se arrepentía luego. Parecía que el malestar no la dejaba hacer caso. Eso sería, porque al padre no le gustaba que lo desobedecieran, y la yegua lo estaba haciendo. No se paraba.

El padre empezó a pelear, porque, Alazana, parece mentira que no te pares, y cómo vas a enfermarte ahora, o a morirte. Y ella relinchaba, bajito, flojo, sin  fuerza, y miraba con las avellanas de sus ojos, y giraba el cuerpo hacia el lado de las cuatro patas, y ¡quiere pararse!, y anda, párate –decía el padre–, que tú puedes, y la gente dice que cuando una bestia enferma se para, puede que se salve, y tú tienes que pararte. Y él la ayudaba, y vamos, levántate, haz un esfuerzo, y ayúdame. Y ella relinchaba, se quejaba y arrancaba tierra húmeda del suelo y yerba con los cascos, y ¡parece que va a parase! Pero no, se caía entre quejidos y relinchos. Y el padre decía anda, párate, ayúdame a ver si te curas; mira que sin ti ya no podemos quedarnos, y ¿adónde nos vamos entonces? Y ella trataba otra vez, y enderezaba el lomo. El padre la ayudaba halándola, y ella afincaba las rodillas y arrastraba la cabeza por el suelo. Y el padre sudaba y ponía toda su fuerza en halar, y ella afincaba los cascos y ya tenía la mitad del cuerpo en pie, y ¡ahora sí se levanta! Se tambaleaba, como si fuera a caerse, y el padre la aguantaba y le acariciaba la cara, como nunca había hecho con nadie, y le hablaba. Y los dos pensaban en la lástima que era la muerte de tan buen animal.

–Estése quietecita, que voy a hacerle algún remedio –dijo el padre-. Se fue hacia el plantón de yerba en el clarito del monte; le trajo un poco, pero no ella no comió. Él se arremangó la camisa, dejó la yerba en el suelo. Y el hijo se asombró cuando el padre le metió a la yegua la mano por atrás, y le daba vueltas al brazo como queriendo sacarle lo que tenía adentro. Y ella respiraba gordo, y el le decía que aguantara, que ya estaba terminando, y ella aguantó, pero nada. Él sacó el brazo y se le agrandaron las arrugas.

–¿Y por qué no la corre… como usted dice?

–No; más tarde.

–¿Y si no aguanta?

–Sí, aguanta todavía –dijo-, y enrumbaron por el trillo del monte, hasta la cerca de los almácigos.

–¿Y ya se le acabaron los remedios? – preguntó el hijo tildado de “fenómeno”. Pero parecía como si el padre no lo oyera.

En la casa, la esposa hizo un “no” con la cabeza y el marido se lo respondió; bajaron la vista y volvió a irse. Después pasó desmelenado, corriendo la bestia por el trillo de los almácigos, y más tarde regresó con la cabeza como en el suelo.

Así fue creciendo la agonía.

La muerte de la Alazana le mató el espíritu.

La madre solo dijo: -Total, ya descansó.

Mientras, él veía como las auras se la llevaban a cachitos hacia las nubes, al cielo, al más allá.

Aquella infancia regresiva de Salvador, como de puerperio en la vejez o a la inversa, lo retornaba con frecuencia al suceso aquel, a la nostalgia o a la incertidumbre sobre lo que termina, pero continúa en la vida, sin saber qué sucederá cuando uno se acabe. La Alazana ya no estaba. “Pero también sentíamos”, solía decir, “que nos quedábamos con su ausencia y con la necesidad de que existiera”. Una sensación así solo la experimentó ante las frustraciones que llaman amorosas, años más tarde.

“No pienses que con esto te culpo, Alazana” –dijo en uno de sus monólogos incansables–. “Sólo quería decirte, ahora que te recuerdo y llueve, lo malo que se ha puesto todo desde que te nos moriste.”

A la familia le entró el miedo de que también se les muriera la bestia que entonces tenían en un pueblo nada próspero. Y entonces, ¿qué hacían? A veces se preguntaba si también, para tener descanso, no se morían y se iban todos para donde la Alazana estaba, y se juntaban, y andaban por el monte corriendo, después de muertos. “Pero no”, decía luego, “porque va y allá nos pasaba como en el sitio de los almácigos. Y luego, ¿adónde nos íbamos?”, como si pensara en múltiples muertes después de la vida.