Por Ernesto Montero Acuña

Por más que lo intentara, Salvador sintió que nunca podría concluir el cuento.
–El carrito… se me perdió el carrito –decía el niño buscando hacia los lados.
Venían de un viaje y acababan de llegar a la estación cuando el pequeño descubrió la falta del juguete y comenzó a repetir la frase sin dirigirse a nadie o tal vez a todos.
–Búscalo, niño. ¿Adónde lo dejaste? –dijo la madre.
–Vamos a ver aquí –dijo el padre y se inclinó entre los asientos, detrás de ellos, debajo… Pero nada.
Sus dos hermanas observaban con caritas trágicas.

Ninguno se explicaba el extravío del auto pequeño estrenado en la mañana, cuando el padre les hizo una fotografía, vestidos para pasear. Era ya por la tarde y regresaban de la casa de la tía. Todos miraban hacia ellos como esperando un milagro, mientras el chofer los increpaba para que descendieran.
–Señores, ya llegamos –dijo.
–Es que al niño se le extravió el juguete –explicó el padre.
–Seguro lo dejó en otro lugar –replicó el chofer.
–Hace un rato lo traía –intervino la madre.
–Sí, pero ya no está… Se lo robaron –insistió el conductor.
Quizás por su pasado, el padre se empeñaba en encontrar el juguete. También era imposible reponerlo un domingo en la tarde. Probablemente tampoco pudiera otro día. Se requería uno igual y la posibilidad de adquirirlo. Pero, ¿cómo trasmitir esos razonamientos a la psiquis del menor?
–Papi, ayúdame –dijo el niño y se arrodilló frente al asiento del ómnibus. Apoyaba sus manos en el suelo, en todas partes, y ladeaba la cabeza de cabello negro para mirar debajo, inútilmente.
“Aquí está”, hubiera querido decir el padre, haciendo reaparecer el juguete o fabricándolo de la nada, como por encanto. Le dolía el pequeño con sus gestos. También se preguntaba, a veces, como enfrentar su verdad sobre la paternidad. Pero borró la inquietud e hizo como si buscara también, dándose cuenta de que era inútil.
–Anda, vamos, que mañana te busco otro –mintió y le puso sus manos sobre los hombros.
Luego lo abrazó y el niño lo miró con desconsuelo. No lo creía. Así estuvieron hasta cuando él dijo que este problema tendría solución.
–¿Vas a conseguirme otro? –le preguntó el niño.
–Claro, ya verás –le respondió y partieron.
Todo lo recordaba ocho años después, cuando el olor de las flores y al humo de los cigarros cargaban el salón donde se encontraba. Era de madrugada y el llanto de las mujeres lo arrancaba de las cavilaciones. Llegaban amigos que le ponían las manos sobre uno de los hombros y murmuraban algo apenas escuchado, y proseguían hacia la capilla, con los de la familia.
Al menor le habían sobrevenido síntomas extraños una tarde en que se extravió. Después dijo que había estado en una laguna próxima, se le produjo un malestar y sus amigos huyeron. Pensaban que había muerto.
Desde antes le ocurrían sensaciones súbitas, mas el padre y la madre esperaban que no fuera nada grave. Seguramente se trataba de algo menos importante y con algún tratamiento se le quitaba. Pero la respuesta del médico había sido otra:
–¿Ambos son los padres? –les preguntó.
–Sí –dijo él, dubitativo.
Les explicó la dolencia, pero no lo creían. Argumentaban la esperanza de una mejoría. Pasado el tiempo, el menor se rebelaba contra las atenciones, los medicamentos, las burlas de los escolares. Todo se le extraviaba con frecuencia entre laberintos de la vida. El padre y la esposa se distanciaron entre sí.
Todo lo recordaba esta noche en la capilla. Por la tarde recibió el mensaje que lo había golpeado cruelmente. Al penetrar en la funeraria, se le abalanzaron las hijas, llorosas.
Parecería tonto asociarlo a la historia del pequeño automóvil extraviado la tarde de aquel paseo. Pero lo recordaba así. Miró al muchacho, ya adolescente. “Por la enfermedad se ahogó en una piscina”, le dijeron. Experimentó el vacío y la desazón que quedan y luego se encaminó hacia un recodo, a sentarse.
Observó cómo lloraba la madre y después se secaba las lágrimas con su pañuelo blanco. Al lado, el padre de nunca antes conversaba con los demás dolientes. Quizás alguno le expresara también su pésame. Desde lejos él meditaba. Un niño, pensó, no es un juguete que se recupere en la muerte, luego de haberlo ignorado en vida. El calificativo de bastardos debiera corresponder a los padres y no a los hijos abandonados.
Mas, por última vez, Salvador volvió a comprender que le quedaría inconcluso el cuento, cuando lo escribiera.

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