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El Parlamento infantil

Por  Ernesto Montero Acuña

Sus cuerpos volvieron a ser tales cuales eran en su juventud, y después en su adolescencia, haciéndose más pequeños y lisos cada día y cada noche, y regresando a la naturaleza de niños recién nacidos.

Platón

Salvador nació genio a los ochenta y cinco años. El acontecimiento originó una junta de pediatras, genetistas y expertos en fenomenología, quienes atribuyeron la etiología del fenómeno a desconocidas secreciones de supuestas glándulas no estudiadas por la ciencia. Pero todos coincidieron en que se sometería a investigación el caso, que sin duda tendría su explicación en un futuro no lejano. Por lo demás, el alumbramiento fue sin contratiempos, si se exceptúan los seniles rasgos de la criatura, su cabello lechoso y el desmesurado crecimiento durante las primeras setenta y dos horas. Pensaron en una progeria prematura, pero fue científicamente rechazada por inconsistencia en la hipótesis.
El acontecimiento se mantuvo en secreto, pues los especialistas recomendaron a los padres la máxima discreción, hasta tanto estuvieran los rigurosos análisis que emprenderían, aunque nadie supo nunca los resultados. No era cuestión de ponerse a divulgar por ahí la existencia de un infante de tan rara naturaleza y que para colmo había nacido sin el llanto habitual de los bebés, sino con una frase de impredecibles implicaciones:
–La gerontocracia es la causa de la decadencia del mundo.

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Por Ernesto Montero Acuña

Salvador había concluido su tesis, en lo fundamental, llegando a la conclusión de que el micromundo típico en que pervivía con mayor fuerza y nitidez la esencia de su estudio estaba en el más elevado altiplano del mundo, donde las almas de los monjes se conservan en estado vegetativo.
–Poseo alguna información sobre el Tíbet, pero existen otros sitios donde algunos llevan el templo de Yokang por dentro –dijo Inocencio Benjamín.
–Estás muy actualizado… Pero, dime qué haces –inquirió Salvador.
–Me he especializado en una incipiente rama de la electrónica, aunque también sigo el acontecer universal auxiliado por las tesis que has venido desarrollando en tus últimas cartas –le respondió.
–Me alienta servirte para algo. Ya verás las conclusiones.

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Los asesinos*

Por Ernest Hemingway     

La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.

-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?

-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.

-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.

-Todavía no está listo.

-¿Entonces por qué carajo lo pones en la carta?

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Por Anton Chejov     

La finca a la cual se dirigía para efectuar el deslinde distaba unos treinta o cuarenta kilómetros, que el agrimensor Gleb Smirnov Gravrilovich tenía que recorrer a caballo. Se había apeado en la estación de Grilushki.

(Si el cochero está sobrio y los caballos son de buena pasta, pueden calcularse unos treinta kilómetros; pero si el cochero se ha tomado cuatro copas y los caballos están fatigados, hay que calcular unos cincuenta.)

-Oiga, señor gendarme, ¿podría decirme dónde puedo encontrar caballos de posta? -le preguntó el agrimensor al gendarme de servicio en la estación.

-¿Cómo dice? ¿Caballos de posta? Aquí no hay un perro decente en cien kilómetros a la redonda. ¿Cómo quiere que haya caballos? ¿Tiene usted que ir muy lejos?

-A la finca del general Jojotov, en Devkino.

-Intente en el patio, al otro lado de la estación -dijo el gendarme, bostezando-. A veces hay campesinos que admiten pasajeros.

El agrimensor dio un suspiro y, malhumorado, pasó al otro lado de la estación. Tras muchas discusiones y regateos, se puso de acuerdo con un campesino alto y recio, de rostro sombrío, picado de viruelas, embutido en un chaquetón roto y calzado con unas botas de abedul.

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Cuento de caminos



Por Ernesto Montero Acuña

El hombre pensó que observaría la caída del atardecer detrás del mogote del patio e iría al potrero en busca de su potro más nuevo. Lo aparejaría, se alzaría sobre los estribos y se despediría lacónicamente, con el sombrero en la mano.

–Cuídense, por si no vuelvo –les diría a los padres y hermanos, hembras y varones. Cabalgaría hacia la tranquera, mientras su madre lanzaba a todos los vientos su alarido:

–¡Deténganlo, que está loco!

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El muchacho de la risa

Todo hombre es el hombre.

J. P. Sartre       

Por Ernesto Montero Acuña       

Salvador vivía por entonces días de imprecisable juventud y casi nadie se acordaba ya de los diagnósticos adversos. Ni él mismo, hasta cuando penetró en un hospital para dementes que lo retrotrajo de pronto varios años.

Ver a Mirabal y sentir que el pasado se revolvía entre los dos fue casi lo mismo. Los ojos de su amigo se conservaban mustios como antes. Se mecía lentamente en un pasillo del sanatorio y la aprensión se le enroscaba en algún lugar recóndito.

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Por Ernesto Montero Acuña

Progreso estaba desconocido en la mañana. Salvador pensaba años después en cuando las mujeres de pantalones pegados a las nalgas y los muslos o en blumers y ajustadores, asomadas a las verjas, les decían que fueran para que les vieran la cosa y que se la daban por un peso, si querían.

Siempre decían que fueran, mijitos, para que aprendieran. Pero ellos no iban porque no tenían con qué y porque se asustaban, aunque quisieran probar. Progreso se veía desolado y las suciedades de la noche anterior se arrinconaban tras las puertas que ocultaban las experiencias de los hombres hechos.

Ahora que es invierno le sobrevenían los recuerdos, como le sucedía todos los años. Con el clima se tornaban recurrentes las imágenes del pasado y Progreso ocupaba su niebla de sueño, lujuria, miedo, tal vez curiosidad.

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Por Ernesto Montero Acuña

Tiritaban frente a la carretera intransitada. Esperaban que tal vez Wílber los dejara entrar a  tomarse unos tragos. Mas, los atemorizaba la presencia de los militares, que venían por las noches con el mismo chiste abusador de siempre.

–Vamos, circulen, circulen, que no quiero verlos cuando dé la vuelta –decía uno de ellos, volteándose sobre sus talones. Completado el giro, le preguntaba al que le quedara enfrente:

–¡Ah!, ¿pero no te dije que no quería verte cuando diera la vuelta? –y ahí mismo le sonaba la galleta, si quería.

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Por Ernesto Montero Acuña

Salvador  dijo un día que Sancho había sufrido una insólita metamorfosis espiritual. Muy lejos de su pueblo manchego hollaba caminos de redención y justicia, transitados con el ímpetu de su señor Don Alonso Quijano. Ya no era el humilde escudero de simple espíritu práctico e ignorante en cuestiones de la caballería andante.

El más demencial fabulador de la comarca, gracias a sus planetarios estudios sobre los espíritus anquilosados, añadió que esto era lo mejor que había podido ocurrirle al fidelísimo escudero, pues estaba seguro de que sin los Quijotes el mundo se detendría.

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Por Ernesto Montero Acuña                                                       

Cuando el padre le dijo que se iban, Salvador tuvo la sensación de que se le nublaba el Sol.  En su menguante ancianidad elaboraba, años después, acontecimientos del pasado como si fueran del futuro y vivía en su infancia sucesos de la vejez, o a la inversa, en la vejez hechos de su infancia. Su limbo indescriptible era, sin embargo, en algún sentido coherente.

En el futuro llegó a no saber, en su mundo del Sur recóndito, cómo la enfermedad de la Alazana tuvo tanto que ver en las vidas de todos. “Seguro fue”, decía en el pasado, “porque nos entristecimos y a mi padre y a los otros vecinos les entró el acorralamiento de sentirse siempre mal”, hasta el día en que les dijo a él y a la hermana que se iban.

–¿Por qué? –le preguntaron.

–¿No ven? –contestó el padre.

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